El pionero de la radio en Cuba

Tomado de http://atriopress.blogspot.com/ por Jesús Díaz Loyola

Su nombre es Manuel Álvarez Álvarez (Manolín para Cuba) Es un referente permanente para la historia del medio que forjó. A él se debe en gran medida, la introducción y expansión de la radio en Cuba. Su pujanza y su ímpetu se impusieron para que conquistara el éter cuando en todo el Caribe no existía emisora alguna.

En la foto, el asturiano Manolín en los albores de los veinte en su primera estación, la 6EV de Caibarién, Villa Clara.

Su paternidad sobre la radio fue ninguneada por mucho tiempo en la isla, donde hizo gloria en las ondas. No fue hasta 1982, cuando ya ciego y sembrado en su vejez, el oficial Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) reivindicó en Manuel Álvarez el mérito de padre indiscutible de la radio. 

Por eso ya nadie niega en Cuba que mil novecientos diecisiete fue el año de los grandes emprendimientos por la radio. Ese año, y muchos otros, hay que agradecerlos a la figura de Manolín, que se fue a La Habana un día de 1905 y no volvió nunca a su tierra natal.

Al llegar a La Habana de 1905,  pretendió enseñar la radio como un invento humano, «lo mas humano que se ha hecho», decía siempre. 

En 1917 transmitió las primeras señales y en 1920 ya estaba en posesión de la primera estación de radiotelefonía de Cuba: la 6EV desde Caibarién, a la que luego sucedieron la 6LO y la CMHD.

Hoy lo vuelven a recordar  en sus años más vitales, porque  la muerte  no se lleva a un hombre valioso, sino que lo guarda y lo retiene en sus tiempos más adorables, porque como ya  digo, Manolín es un referente permanente para la radio.

Verano de 1920

FRAGMENTO

Como empecé en la radio

                                               Manolín Álvarez.

…¡Era una voz humana! ¡Alguien hablaba!
¡Después leía! ¡Y hasta se escuchó una música!…

Llevábamos varios días sin pegar ojos en espera del momento que iba a poner a prueba todo el esfuerzo de varios años, cuando en el verano de mil novecientos veinte, en el número siete de la calle de Céspedes, en la ciudad portuaria de Caibarién, nació la radio en Cuba.

El tándem de radiofonistas lo formábamos un grupo de jóvenes, a quienes nos movía una obsesiva pasión por comunicar. El equipo era sólido y agrupaba hombres claves en materia de tecnología, redacción y creación artística, nombres que después fueron figuras en la radio.

Lo primero que hicimos fue instalar una antena en un punto alto de la ciudad, y el mejor emplazamiento estaba en el Cuerpo local de Bomberos. En pocos días ya teníamos dispuesto un pedestal de cien pies de altura para trasladar la señal mediante ondas eléctricas al mayor radio de distancia posible.

Aquellos días, mi casa, que estaba próxima al puerto, era un centro permanente de operaciones radiofónicas por todo el caudal de equipos que había allí montado. Nada más entrar en ella resaltaba su sala inmensa, compartida en departamentos, donde estaba el grueso de los aparatos, y una mesa de transmisión.

Después de mi paso por el comercio y la navegación, ya yo estaba instalado en Céspedes. Mi casa era modesta con vistoso portal como muchas de las viviendas típicas que daban vida a la ciudad junto al mar; el suelo deslumbraba por los mosaicos estampados del tiempo español, y su altura favorecía la acústica.

Varias almas de Dios habían pasado ya sus vidas por la casa de Céspedes, pero el embrión de la radio estaba ahora allí para comenzar a ser testigo veraz de los momentos míticos de la radiodifusión en Cuba, las Antillas y el Caribe.

En dirección norte, resaltaba el puerto; más al centro atraían la imagen imponente de la institución Hispano-Cubana de Cultura y la Sociedad Liceo; y bordeando todo el litoral estaban los barrios de las familias más adineradas.

En las tardes de la Villa, el aire fresco agradecido de la bahía corría por entre la casa levantando las cortinas de puertas y ventanas.

El día del verano inaugural, una multitud improvisada comenzó a formarse en torno a la naciente estación radiodifusora, y en cuestión de dos o tres horas, la aglomeración de público abarrotaba todos los rincones de Céspedes. Podría decirse que todo Caibarién estaba volcado al acontecimiento: políticos, intelectuales, hombres, mujeres y niños. Todo el pueblo estaba allí.

En pleno vestíbulo de la casa-planta, todo el mundo mostraba elegancia: las mujeres hechas un encanto con sus vestidos largos, trajes a tono y sus peinados imponentes; los colegas del gremio, igualmente deslumbraban con sus portes. A media mañana, mi casa era un ajetreo entre la amplia concurrencia y el ruido de los aparatos que se alistaban.

Uno de los primeros en llegar fue el Alcalde Municipal, el liberal Francisco Bolaños Santiago. Saludó y en gesto sólido exclamó: ¡Gracias Manolín! ¡Enhorabuena y bienvenida la radio al pueblo!

Además de Feliciano Reinoso, Bernardo G. de Santamarina y el doctor José Cabrera Saavedra, fueron también partícipes Lorenzo Martín y Miguel Baláis, y muchos otros, todos, hombres del pueblo convertidos después en artífices de las ondas desde sus cometidos cotidianos.

El tío Constantino, con quien comencé mis andaduras cubanas, tampoco faltó aquel día.

-¡Vuelves a ser Manuel Álvarez! –dijo nada más verme.

-¡Cuánto he tenido que pasar!

-Ya no soy el ayudante de La Covadonga ni el maquinista de la Casa López.

-¡Eres tú, Manuel, orgullo de los Álvarez de Ambás y de todo Carreño! Vas por buen camino.

-Toda mi elocuencia te la agradezco a ti.

En el fondo, Constantino manifestaba el placer de padre adoptivo al ver que un fruto de su sangre iniciaba una carrera que él y yo vaticinábamos como brillante. En ese instante lo sentí como mi padre. Su cuidada educación a lo largo de los años en que acabé de estirar el cuerpo, ahora nos premiaba a los dos.

Era un día excepcional de mi vida, en el que tampoco faltó el Vice Cónsul de España en Caibarién, Celestino Amat, quien se congratuló con el acontecimiento salido de las manos de un español.

Por primera vez llevábamos la palabra hablada a los hogares del pueblo. Todavía no la llamábamos 6EV, pero era mi primera emisora real, la primera en toda de Cuba.

Como la fachada miraba en dirección Este, el sol de levante delataba todo el esplendor de una jornada histórica.

En el crepúsculo de su vida, Manolín muestra el hórreo de plata que le obsequió el Ayuntamiento de Carreño, como recuerdo de su tierra asturiana que no volvió a hacer nunca.

Listos los equipos, pronuncié las primeras palabras frente a un armatoste de micrófono conectado a una vitrola.

Hola, hola, me escucháis bien por ahí…

Feliciano, que era como un edecán en aquellos comienzos, estaba situado en su casa de Maceo, a varias calles de Céspedes, pero los dos intentábamos comunicarnos mediante receptores muy rudimentarios.

Con aquel saludo, aquel ¡Hola! espontáneo, mi voz llegó clara y nítida. Comprobé varias veces para asegurarme el estado de los equipos, posiciones y ajustes. Y lancé entonces un mensaje más definido. Ofrecí los buenos días al aire y me identifiqué:

¡Manuel Álvarez, desde Caibarién, Cuba!

Lo volví a decir:

¡Manuel Álvarez, desde Caibarién, Cuba!

Risas y aplausos de todos los presentes y curiosos espontáneos daban crédito a lo que oían. La voz había llegado con total nitidez y así comenzábamos a vivir el esplendor de la radio de los veinte.

¡Ahora sí, señores! ¡Nació la radio!

Aquellas primeras palabras llegaron al espacio como arte de magia, desde mi propia casa. Los rostros impávidos acuñaban el hecho, pero ninguno allí dábamos crédito a lo que oíamos. Todos estábamos sorprendidos. Mi voz sonaba extraña y hasta tuve la sensación de una voz latosa, como suenan en las míticas placas shellac que entonces se escuchaban por los fonógrafos.

La radio se pasó el día repitiendo el mismo mensaje: “Esta es la estación de Manuel Álvarez, transmitiendo desde Caibarién, Cuba”. Y dije más: “Estamos en la banda de doscientos veinticinco metros con potencia de veinte watts. Esto es la radio, escúchennos…”.

Poco a poco, el estado emocional se fue generalizando por todo el pueblo a medida que los primeros radioescuchas de las ondas daban fe de lo que captaban las pocas radios de galena improvisadas por la ciudad. Entre la concurrencia en el escenario de la transmisión, los más sorprendidos eran las autoridades locales y representantes de la prensa y la cultura.

Una tormenta intermitente de los flashes de los fotógrafos, captaron el acontecimiento para la historia. Me fotografiaban junto a los aparatos y preguntaban el por qué de la radio. Todavía no caía en la cuenta del éxito que comenzaba a ser el invento de Marconi. Después, las crónicas daban crédito del interés público y social del invento.

La recepción en la casa-estación la facilitaba un aparato radiorreceptor. Feliciano Reinoso, que además era activo hombre de prensa de la época, salió de su casa como un bólido, pero otros siguieron allí, pegados a su aparato durante todo aquel célebre día.

Al filo del mediodía, la sede de la estación era de una concurrencia total.

-¡Manuel!, ¡Manuel! –la voz de Reinoso retumbó por entre la multitud aglomerada en el portal.

            -¿Qué pasa? ¿Se oye? –le pregunté con asombro.

            -¡Se oye, y muy bien!

            -¿Qué dicen en la calle?

            -¡Que es un éxito, Manuel! ¡Un éxito! –acuñó.

            -¿Le escuchasteis bien?

            -Con total nitidez –aseguró.

De entre hombres y mujeres que no paraban de desfilar, se oía todo tipo de comentarios y las miradas se volvían cada vez más atónitas.

-Tu voz sonaba amable y sencilla –calificaba una madre mi timbre relamido cuando apenas contaba veintinueve años.

-¡Lo has conseguido, Manuel!

            Ese día exclamaron de todo: ¡Te felicito! ¡Es espléndido! ¡Espectacular! ¡A ver que dura!

            Tenía la sensación de estar viviendo la emoción de un campeón en un baño de multitudes.

            En medio del tumulto inagotable de gente, apareció entonces Bernardo G. Santamarina, quien desde su puesto de editor del El Comercio, era también voz reconocida en los periódicos. El Comercio atesoraba casi veinte años de vida desde que inició sus tiradas en mil novecientos dos; Santamarina comenzaba a ser un hombre entrado en años porque se veía encanecido y rechoncho.

-¿Y qué tal, Santamarina? ¿Cómo lo ha visto usted? –le pregunté con sorpresa.

-¡Es genial lo que se oye, una maravilla de invento…! –se deshizo en elogios.

-¿Acompañó el tiempo? –indagué.

-Sólo un poco de viento del norte al principio, pero después, todo fue más diáfano y la recepción de la señal muy clara. ¡Se oían hasta las moscas, Manuel!

-¡Jo’! no me digas –exclamé sorprendido.

Santamarina era un fumador empedernido. Ese día no dejaba de soltar bocanadas de humo, una tras otra, desde su inseparable cachimba y su bolsita de tabaco criollo. Las cosas que decía incentivaban mis ansias por la radio.

-¡Has encontrado la inmortalidad, Manuel!

Fue tanta la expectación, que hubo momentos en que todos soltábamos lo que teníamos en mano y levantábamos los brazos en señal de alegría. Unos a otros nos tendíamos las manos. Nos apretábamos los puños, saltábamos y expresábamos frases de satisfacción por el triunfo de las ondas: ¡Hurraaa! ¡Qué bien! ¡Lo conseguimos!

Los asistentes aclamaban el éxito alegrándose por lo que oían. Ni los más incrédulos evitaban en las calles sus elogios.

Los mensajes emitidos desde Caibarién volaron a la velocidad de la luz como lo hizo valer Marconi en su día. Tan perfectamente fue el lanzamiento de las primeras señales que no hubo interferencia alguna. Los veinte vatios de lo que comenzaba a ser la primera estación radiodifusora cubana, superaron la prueba y todas las expectativas.

En realidad, todos nos sobrecogimos ese día, los que emitíamos y los que recibían la señal, pero cuando en las jornadas siguientes saltó la música sobre el espacio alternando con los mensajes de voz, todo fue tranquilidad y sosiego en el arte de escuchar.

El estado de euforia era descomunal, y sentí una sensación de júbilo que jamás había vivido. Fue el primer baño de multitud de mi vida. Hasta altas horas de la madrugada fuimos unos locos obsesionados por el hecho consumado de la radio. Todo el mundo estuvo de fiesta. El alboroto entre el espectáculo que ofrecían aquella casa y los cafés de los alrededores, era de celebración total.

La élite de la prensa local se congratulaba a sí misma, los amigos y todo un pueblo se echaron a la calle. Cenamos con champán, y hasta hubo música y baile. Todos estuvimos festejando en un ambiente enloquecido.

Santamarina estrechó su mano con la mía, y tal vez me abría ganado su crónica del día. Cuando daba en la diana nunca ocultaba su sonrisa de satisfacción como buen buscador de la noticia. En toda la ciudad y sus alrededores no hubo acontecimiento con tanto revuelo desde su fundación en mil ochocientos treinta y dos como la llegada del invento de las ondas.

Esa noche me acordé de muchas cosas, sobre todo de cómo lo habrían vivido mis padres, que al partir en mil novecientos cinco, me dijeron que llevaba predestinado un futuro de éxito. Me parecía escuchar a mi padre: Llegarás lejos, Manuel. Ahora de seguro era tan suyo este triunfo, que se lo ofrecía desde lo más profundo de mi alma. Me acordé de muchos ese día, de mi madre, que ya estaba con Dios, y de tanta gente que me ayudó en la vida.

Al anochecer y en las jornadas siguientes, los radiotelegrafistas de las embarcaciones que navegaban en las proximidades de la porción central de la Isla, en un radio de hasta cien millas náuticas que les retiraban hasta el Canal Viejo de Bahamas y el sur de Estados Unidos, dieron confirmación expresa de haber escuchado la señal de una radio desde Caibarién. En realidad, a los dos o tres días, ellos daban fe de lo escuchado: ¡Era una voz humana! ¡Alguien hablaba! ¡Después leía! ¡Y hasta se escuchó una música! En esos términos se expresaba una avalancha de mensajes recibidos después en Céspedes, siete. Esa noche dormí feliz.

Después de aquellos días, una programación experimental se dejó escuchar desde Caibarién en un amplio radio a la redonda por todas Las Antillas y el Caribe. Lo mismo se oía un paso doble, sonaba un vals y hasta los acordes de un danzón; a intervalos mi voz salía al aire dando las gracias y pidiendo que escribieran contando lo que oían desde Caibarién, Cuba:“Estamos en la banda de doscientos veinticinco metros con potencia de veinte watts. Esto es la radio, escúchennos…”.

Junto a estas líneas la mítica 6EV, la primera estación de radio telefonía cubana, salida de las manos de un asturiano de la emigración: Manuel Álvarez Álvarez, de Ambás, en Carreño (a la derecha)

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En mil novecientos noventa y uno, Manolín habría cumplido 100 años, ocasión en que el Ayuntamiento de Carreño le dedicó una placa en su memoria en la casa donde nació en Ambás, “como homenaje a uno de sus hijos más distinguidos y que llevó en su corazón y en las ondas, el título para él más amado de ser español y de su asturiana Ambás, en Carreño”

 

MANOLÍN nonagenario

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