A LA MEMORIA DE UN AMIGO

Por Dr. C. Raúl González Peña.

Corría el año 1986 cuando comencé a estudiar la Carrera de Física y Astronomía en el otrora Instituto Superior Pedagógico “Félix Varela Morales”, enclavado en la ciudad de Santa Clara al centro de la isla de Cuba.

Con el transcurso de las semanas conocí que dos de los profesores del claustro residían en la misma ciudad que yo –Caibarién, también apodada como La Villa Blanca-. Supe que eran excelentes compañeros, grandes amigos entre sí, y personas de un trato encantador; aunque se diferenciaban considerablemente en su físico y en su carácter. Augusto: bien parecido, de verbo exacto, medido en sus valoraciones, observador y flemático. Por su parte, Oscar era mucho más impulsivo, conversador y dicharachero, abierto y muy hospitalario.

Con el paso de los años, ambos se convertirían en mucho más que mis maestros de Física y mis colegas de profesión. Debo reconocer que siempre he experimentado una sensación inmensa de agradecimiento a Dios por haberme colocado en el camino de personas como Augusto Acosta, -mi Prof. de Astronomía-, y Oscar López- -mi Prof. de electrónica-; quienes hoy son para mí: energía, modelo y brújula.

Estoy seguro que en el futuro escribiré algunas merecidas líneas sobre mi noble Profesor de Astronomía y todo cuanto incidió para mi formación científica. Me sobran muchas razones para intentarlo con ahínco, aunque en este momento, mi objetivo se orienta hacia otra dirección. Quisiera centrarme hoy en convertir en palabras escritas los vívidos sentimientos que conservo sobre mi mejor maestro de electrónica y de la calle; quien vivió intensamente, y quien decidió partir cuando aún tenía mucho por hacer entre nosotros.

Con frecuencia suelo recodar la manera sencilla y espontánea en que llegó Oscar a mi vida. Las primeras conversaciones fueron sobre la Física, la electrónica y la ciencia en general. Luego los temas se abrieron, y con el paso de los años, no había nada que pudiera constituir una barrera para que fuera abordado en nuestras tertulias interminables. También de esta forma conocí a su familia más cercana: Marita -su esposa-, y Angie -su hija adorada-, quienes estuvieron a su lado mientras le quedó un aliento de vida.

Conocí también de sus gustos, de sus sueños y de sus motivaciones. Supe de su amor por la música anglosajona, por los viajes, por la literatura y por la radioafición. En su casa escuché por primera vez un receptor de onda corta que permanecía prendido, de día y de noche. Siempre que a casa de Oscar se llegaba, se era recibido por la juguetona perrita Wima, por una taza de café caliente y por el sonido inconfundible de una trasmisión radial, que procedía de su taller de electrónica e inundaba todos los rincones de su hogar.

Oscar 11

Allí conocí, sin conocer, a Panchito, a Nieves Vizcaíno y a Saulo (gato feo); también conocí el círculo amplísimo de sus amistades –personales y radiales-. Su casa era el centro de convenciones del Radio Club de Caibarién. Por allí pasaba todo aquel que deseaba saludar, tomar café, indagar por una información, solicitar un componente electrónico, o simplemente, participar de polémicas abiertas, desprejuiciadas  y sanas.

En casa de Oscar adquirí conocimientos sobre el mundo de las ondas radiales con más profundidad que en todos los estudios realizados en la Universidad. Aprendí a sentirme útil, a ser en extremo meticuloso en el trabajo, a ser preciso, a crear proyectos con mis manos y a soñar en grande.

Oscar era el utopista más grande que jamás he conocido, y curiosamente la inmensa mayoría de sus sueños se hicieron realidad. Soñó que viajaba y lo logró; soñó con la vida, y la disfrutó; soñó con la felicidad, y la alcanzó. Pero de lo que estoy absolutamente convencido es que Oscar nunca soñó con la muerte temprana que le alcanzaría. Esta le visitó en una etapa de madurez y bonanza. Ya había dejado atrás sus años de penuria, de vivir en una casa pequeña, de sembrar arroz como los campesinos japoneses del siglo XIX, de ser un fabricante artesanal de carbón vegetal para cocer los alimentos; de andar con la ropa raída y los zapatos gastados; de viajar cientos de kilómetros diarios para ir al trabajo; de sufrir, de llorar y de aislarse. Porque Oscar era casi perfecto, pero era humano. Muchas veces se equivocó, tomó decisiones erradas y perdió cosas muy valiosas; sin embargo, jamás olvidó a su familia, a sus amigos y a la radio.

Al paso de los años no albergo dudas sobre el papel que jugó Oscar en mi acercamiento definitivo a la radioafición. Suelo recordar nítidamente y con una dosis de nostalgia, mis visitas nocturnas a la sede del Radio Club en su compañía, su generosa contribución económica para la adquisición de mi primer radiotransmisor para onda corta y las experiencias iniciales de comunicación radial. Creo que nada sería de lo que hoy soy, sin el legado de Oscar. Él me ha sembrado su manera peculiar y alegre de hablar por medio de la radio; su espíritu solidario; su predilección por la escucha permanente, su insistente necesidad de superación y su infatigable labor para captar nuevos aspirantes a radioaficionados.

Nada de lo escrito hasta aquí tendría valor si mi caso fuera único, si solo en mi persona  Oscar hubiera sembrado el deseo insaciable por crecer como ser humano y  esta voluntad para soñar y para emprender por medio del esfuerzo, la autocrítica  y el rigor en todo cuanto se hace, -por sencillo que esto sea-. Pero el hecho real es que Oscar dejó una estela de huellas en su vida que se materializa en un montón de personas que profesan un amor ilimitado por la radioafición. Varias generaciones de colegas han sido el resultado directo de la Educación que este Caballero  de la radio concretó bajo un principio en el que la radioafición más que un hobby, es una manera especial de vivir.

Resulta incuestionable el hecho de que Caibarién ha sido una tierra fértil para que la actividad radial se desarrolle y prolifere sin límites, y las pruebas pueden hallarse desde Manolín Álvarez y hasta nuestros días, sin embargo, creo que nadie podría poner en dudas la contribución y el lugar que Oscar López ocupa en la historia de la radioafición en “La Villa Blanca”, y sobre todo, en la posición privilegiada que conquistó en los corazones de quienes le conocieron y le amaron.

4 comentarios

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    • Raisa Guevara García on 1 marzo, 2016 at 1:36 pm
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    Merecido el homenaje a quien fuera un gran profesor y un excelente hombre, me parece muy bien que lo recuerden, felicidades por el sitio, es funcional e interactivo, les sugiero una sección de fotos de los radioaficionados y sus actividades.

    • Luis Javier on 2 marzo, 2016 at 6:39 am
    • Responder

    Creo que Oscar dejó huella en todos los que lo conocimos. Fue mi profesor de Física en 10mo grado, así lo conocí. A él fue el primero que vi hablar por radio, una noche en la escuela y desde entonces la picá del bichito de la radio afición no se me ha curado, no se me va a curar nunca. Cinco minutos conversando con el siempre eran más productivos y amenos que los cinco turnos de clases que recibía en el día. Tuve gran suerte de conocerlo.

    • Arnaldo on 5 marzo, 2016 at 5:06 pm
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    Oscar López es de esas personas que no se olvidan, que uno siempre las recuerda con agrado aunque pasen los años y cambien las circunstancias, siempre viene a la mente y lo sorprende a uno con su recuerdo. Era un entusiasta del cacharreo, él era capaz de fabricar equipos completos con una terminación asombrosa, se pasaba horas en su cuartico lleno de artefactos de todo tipo, allí era feliz. Su casa modesta era un acostumbrado punto de encuentro donde lo mismo se hablaba de radio o de ciencia que se hacía un chiste. Si algo le molestaba eran las personas elitistas, esos que se creen superiores, no encajaban con su personalidad sencilla.

    Oscar era muy organizado y todo lo que hacía lo escribía, tenía cajas llenas de carpetas con planos eléctricos, esquemas y anotaciones de todo lo que experimentaba. Lamentablemente después de su muerte muchas de sus cosas se perdieron pero se logró recuperar una buena parte de su biblioteca técnica, que se quiere digitalizar para ponerla a disposición de todos los que la necesiten, como él mismo hacía cuando alguien le solicitaba ayuda.

    Muy bueno que hayas escrito sobre este gran amigo.
    Gracias.

    Ing. Arnaldo Gonzalo Lorenzo Pardo.
    CM6YX

  1. Decir Oscar López en la radioaficción de Caibarién y tal vez un poquito más allá, como dice Machín de la Peña, es como hablar de nuestro comandante en toda Cuba.
    Conocí a Oscar a través de su Angie adorada, la cual, la tuve codo con codo en una etapa escolar.
    NO se me olvida su deseo de viajar y a Boswana fue a parar.
    Vivirás en los corazones de los caibarienenses que se encargarán de traspasar la historioa de la radiaficción de esta localidad de una década a otra.
    saludos
    co6wil

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