EN REALIDAD, ES MÁS QUE LLEGAR

Por: Claudia Lianet González (CO6CDX).

 

Cuando comencé a ver las primeras luces del día, mis latidos ya tendrían que pagar multa por exceso de velocidad. Era como si antes no hubiera habido nada a mi alrededor. Sentía solo mi respiración muy acelerada y la de cuarenta jóvenes a mi lado. Llevaba una hora caminando y solo tenía la convicción de que quería llegar al final. Mientras tanto, me dejaba guiar por unos amigos que, hasta ese entonces, eran simples conocidos.

El sol demoró en asomar. Había demasiadas elevaciones a mi alrededor y hacia ellas me dirigía yo. Para ese entonces, ya había caminado hacia arriba más de tres kilómetros. Mis pies estaban muy acalambrados por esa nueva actividad matutina tan constante; pero mejor no pensaba en ello. Sabía que mi meta aún no llegaba.

A las dos horas de continuar ese paso ya no estaba al tanto de cuántos éramos. Solo tenía la certeza de que un pequeño grupo iba delante, me acompañaban dos y el resto quedaba detrás. De vez en cuando pasaba alguien por mi lado. A pesar de que no veía a muchas personas, durante todo viaje tuve otro tipo de compañías: no faltó en ningún momento el color verde, el olor refrescante de la mañana campestre y el cantar de algunas aves, así como una pequeña y fina parte de lo que, en algún momento, perteneció a un árbol y que me ayudaba a sostenerme cuando mis pies solos no podían.

Cada vez el camino se volvía más complejo. Aparecían troncos que formaban escalones y me quitaban el aliento; también grandes piedras; trillos estrechos acompañados de barrancos aterrorizantes; y lo mejor: algunas que otras bajadas o cortos tramos de llanuras en los que, sin parar de caminar, podía tomar un descanso.

Hubo un momento en el que creí que debía estar llegando; pero no era así. Apenas comenzaba el reto. Un cartel lo decía todo: “ADELANTE CAMINANTE, comienza a subir el Pico Cuba, segundo en altura del país, el camino exigirá un gran esfuerzo; pero visuales espectaculares alentarán cada paso que des (…)”. Sí, ya estaba cerca del gigante de Cuba: el gran Pico Turquino. pero para ello me esperaba una prueba dura.

Tenía una lucha interminable con las escaleras, que aumentaban sus pendientes, cuando el primer claro sacó mis lágrimas. Fue realmente emocionante ver dónde estaba. Allá a lo lejos se divisaba el mar, el mismo que escuché a las 6:30 am cuando comencé la subida. Pero ya no se veía tan cerca. Prácticamente tampoco divisaba dónde dejaba de ser mar y ya era cielo. Por otra parte, esas altas montañas que no dejaron ver el sol tan pronto, ahora quedaban a mis pies. Nunca había visto un paisaje tan bello y realmente me dio la fuerza para querer más.

Así siguió sucediendo en varios momentos, hasta que los vi. El primero de ellos fue un momento a Frank País, del que no conocía su existencia. Encontrarlo ahí me hizo sentir más admiración por él y saber en realidad cuánto le agradece Cuba por toda su entrega. El segundo estaba un poco más atrás. Por fin se veía lo que tanto estuve buscando. Aún estaba distante; pero no inalcanzable.

Redoblé mis esfuerzos. El solo hecho de saber que había llegado hasta ahí me impulsaba a seguir. Para mí, no llegar, nunca fue una posibilidad. Así bajé aquella segunda gran elevación y me impulsé a la meta final.

Justo con el sol de testigo en el centro del cielo, ese que jamás había sido tan azul ni tan cercano, llegué al encuentro. Estaba ahí, en lo más alto que se puede estar. Tan firme, erguido, gigante, fuerte, valiente. Esperaba por nosotros; por ese encuentro inevitable que todos ansiábamos. Así, llenos de orgullo y emocionados, lo abrazamos y nos compartió su pensamiento: “Escasos como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y sienten con entrañas de nación, o de humanidad”. Así comprendí por qué solo él podía estar allí, y también vinieron a mí otros nombres que, después de esta experiencia, solo puedo admirar y respetar más.

Entonces sí sentí que lo había conseguido. Hasta desapareció la fatiga por tanto esfuerzo. Ni siquiera recordé las seis horas que demoré en llegar, solo para estar, a penas, cuarenta y cinco minutos ahí. Tampoco pensé en que faltaba volver. Eso incluso sucedió en menos tiempo. Fue cuando realmente comprendí cuánto había caminado y presté mayor atención a todo lo que me rodeaba. Ya no volví a ver el mar hasta que me indicó que concluía mi viaje; pero a cambio caminé entre las nubes, bebí agua de manantial y detallé la riqueza que la naturaleza le regaló a ese magnífico lugar.

Así, antes de que el sol me dejara otra vez, volví al encuentro de mis compañeros por tercera vez; pero ahora 1976 metros más abajo. Sin dudas, estábamos convencidos de que fue una experiencia única. Todo valió la pena, y más que eso: todo quedó en mí… para siempre.

 

6 comentarios

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    • Pablo Angel Martínez Morales en 10 abril, 2018 a las 7:55 am
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    Claudia, tu papá, orgulloso, me comentaba ayer acerca de esta crónica de tu viaje al “techo de Cuba” en compañía de otros estudiantes de nuestra universidad. Cómo desconocedor del género no puedo decir mucho, pero desde mi primera profesión como geógrafo, conocedor por academia, historia e imágenes del contexto natural al que refieres no puedo por menos que emocionarme y sentir sana envidia porque cargo con la frustración de nunca haber tenido la oportunidad de escalar el Turquino. Muchas felicidades para ti y tus compañeros, en estos momentos recuerdo un spot televisivo, que ya no pasan por cierto y que decía más o menos: “en el difícil arte de escalar la montaña, la voluntad determina alcanzar la cima”. Bonito escrito, bien por ti.

      • Claudia en 19 septiembre, 2018 a las 3:57 pm
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      Gracias Pablo

    • Luis Rojas en 10 abril, 2018 a las 10:50 am
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    Y pensar que seria yo quien dijera que vivi contigo cada momento del viaje xD, no se que fue mas impresionante, si leer todo el sentimiento o ver como pasa el tiempo y nos hace mejores, cuando yo era un inmaduro controversial y tu una pequeña a la que solo le gustaba el silencio, vaz a ser grande mi claudita y 1976 metros va a ser solo el inicio de tu carrera que estará alla en la cima con él he incluso más alto ;). Aunque ya no lo soy se que siempfe tendrá sentido para ustedes xD de su CL6USA 🙂

    • yarelis Santos en 11 abril, 2018 a las 12:47 pm
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    Al leer todo este contenido lleno de pasiòn y belleza, no puedo sino sentir admiraciòn por ti claudia, tenìa mucha curiosidad por leerte, me has impactado profundamente , he podido ver a travès de tu elocuencia el recorrido tan difìcil pero gratificante al final. Eres una joven de estos tiempos, digna de todo mi reconocimiento. Agradezco infinitamente a tu papà por compartir tu escrito. Considero debe publicarse en otros medios. FELICIDADES!!!!

    • Ricardo Monterrey en 13 abril, 2018 a las 10:34 am
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    Los grandes retos comienzan con el primer paso, lego nos damos cuenta que, a pesar de los normes sacrificios o esfuerzos algo en fin ha valido la pena y como reflexión nos que el buen sabor de haber hecho algo diferente a lo común, algo de lo que podemos sentirnos orgullosos por siempre. Felicidades por el viaje una muestra de que siempre se puede hacer lo que para mucho es simplemente imposible.

    • Josué / CO7RR en 16 agosto, 2018 a las 1:07 pm
    • Responder

    Estimada Claudia:

    Muchos habrán subido al Turquino, pero nadie lo ha descrito tan magistralmente como tú. Que forma tan bella de conjugar paisajes, anhelos, y esfuerzos; así como amor y respeto anuestros héroes y a nuestra Cuba.

    Tú papá me había hablado de tú existencia, pero dejó a la vida la suerte de que te conociera por tus obras y no por sus palabras. Por mi parte “pequeña”, encantado.

    Josué José Marín Rodríguez / CO7RR

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